Salí a la calle vestida de Naranja en Tamiahua
Salí a la calle vestida de naranja no por moda, sino por convicción. Caminé con ellas. Con mis compañeras. Con mujeres que, como yo, están cansadas de callar y decidieron alzar la voz en Tamiahua.
Marché porque ya no queremos vivir con miedo.
Porque ninguna mujer debería aprender rutas alternas para volver a casa “por si acaso”.
Porque nos dijeron demasiadas veces “ten cuidado” en lugar de decirle a otros “no violentes”.
Marché porque la violencia no siempre deja moretones visibles. A veces es silencio impuesto, es burla normalizada, es miedo heredado, es injusticia disfrazada de costumbre. Marché porque he visto a mujeres fuertes quebrarse en privado y sonreír en público. Porque he escuchado historias que no salen en las noticias, pero pesan más que cualquier titular.
Avanzamos juntas: mujeres del Ayuntamiento, del DIF, jóvenes estudiantes, madres, trabajadoras, servidoras públicas. Un solo contingente, un solo latido. La música de la marching band marcaba el paso, pero lo que realmente nos movía era la certeza de que esto no es un evento más: es una postura.
Levanté mi pancarta porque quiero un municipio donde ser mujer no sea una desventaja.
Porque quiero que las niñas crezcan sin aprender a defenderse antes de aprender a soñar.
Porque quiero que la palabra respeto no sea un favor, sino una regla.
Marché porque el Día Naranja no es una fecha simbólica: es un recordatorio urgente.
Porque visibilizar es incomodar, y ya es tiempo de incomodar.
Porque la violencia no se erradica sola, se enfrenta.
Y mientras caminaba, rodeada de voces firmes y miradas decididas, lo tuve claro:
no marchamos solo por nosotras, marchamos por las que no pudieron, por las que ya no están y por las que vendrán.
Hoy caminé.
Mañana seguiré alzando la voz.
Porque vivir sin miedo no debería ser un privilegio, sino un derecho. 🧡