En el siglo XX, cuando el mundo se partía en bloques y la guerra se volvía método de disuasión, México debió repensar la protección de sus accesos marítimos. En ese mapa de prioridades, la Laguna de Tamiahua no fue un accidente geográfico, sino un punto obligado de cálculo estratégico.
La Secretaría de Marina-Armada de México consignó que, ante la posibilidad de un ataque enemigo que buscara penetrar por Tampico usando el camino Tuxpan–Tampico y posesionarse de la zona petrolera intermedia, se determinó la necesidad de defender la laguna como paso obligado entre ambos puertos.
La defensa contemplaba minado de aguas, estacadas y obstáculos marítimos, además de una coordinación inmediata con el Ejército Mexicano para la protección integral del área, dejando a las fuerzas navales y aéreas la custodia del puerto y su zona de influencia.
El razonamiento tenía fundamentos concretos: la región albergaba corredores logísticos, rutas de penetración hacia la meseta central y, sobre todo, infraestructura energética vinculada a los campos petroleros del Pánuco y su franja costera norte, piezas críticas para la soberanía económica del país. La laguna, en consecuencia, fue concebida como un espacio de defensa anticipada, una barrera interior natural que debía blindarse antes de que la amenaza tocara tierra firme.
La decisión se inscribía en un periodo global de alta tensión. La Segunda Guerra Mundial primero, y la Guerra Fría después, demostraron que los litorales mexicanos no podían mantenerse al margen de la seguridad hemisférica. Los acuerdos continentales de neutralidad de 1939, la defensa binacional de energéticos y la modernización de las fuerzas navales mexicanas respondían a una misma conclusión: los accesos al Golfo eran un interés de Estado, no de coyuntura.
En Tamiahua, esa lógica se tradujo en planificación militar sin estridencia pública, pero con objetivos claros: impedir accesos no autorizados, reforzar vigilancia marítima, y preparar a la Armada para actuar como garante de soberanía en zonas costeras y pasos interiores conectados al mar.
Con el paso de los años, la hipótesis bélica no se materializó sobre la laguna, pero el cálculo dejó legado: infraestructura de vigilancia, cultura de coordinación interinstitucional y una comprensión renovada del valor estratégico del agua interior como extensión de la defensa marítima. Hoy, la Laguna de Tamiahua sigue siendo corredor —ahora civil y turístico—, pero su memoria recuerda que, cuando fue necesario, también fue frontera.
