La memoria local señala que el 8 de septiembre de 1933 un ciclón golpeó la costa y abrió un canal de aproximadamente 200 metros entre la laguna y el Golfo de México. La naturaleza completó así una tarea que los habitantes habían comenzado con picos, palas y carretillas dos años y medio antes.
Durante dos años y medio, los pescadores de Tamiahua pelearon contra la arena. Trabajaron de día y de noche para recuperar la comunicación entre la laguna y el mar, de la cual dependían la pesca, la alimentación y prácticamente toda la economía de sus familias.
De acuerdo con la crónica histórica de Benigno Casados, recuperada posteriormente por el cronista Obed Zamora Sánchez, el desenlace de aquella hazaña ocurrió el 8 de septiembre de 1933, cuando un ciclón llegó a la costa de Tamiahua.
Aquel día, el viento comenzó a levantar el mar. Conforme el fenómeno alcanzó mayor intensidad, enormes olas reventaron más allá de la playa con una fuerza que los pobladores compararon con la de un maremoto.
Los pescadores tuvieron que abandonar momentáneamente los trabajos y buscar refugio. Ya no había manera de permanecer en la franja de arena donde, desde marzo de 1931, habían excavado para abrirle nuevamente paso al agua del Golfo de México.
Cuando disminuyeron el viento y el oleaje, aunque los aguaceros continuaban cayendo, los hombres salieron de sus refugios. Lo que encontraron los dejó asombrados: el agua del mar entraba con fuerza hacia la Laguna de Tamiahua.
El ciclón había terminado la obra.
Un pueblo que decidió salvarse solo
La historia había comenzado la madrugada del 19 de marzo de 1931. El azolvamiento de la barra había reducido el intercambio de agua entre la laguna y el Golfo de México, afectando gravemente la pesca, principal fuente de alimento y sustento de la población.
Ante la falta de recursos públicos para realizar la obra, los habitantes decidieron organizarse. Tamiahua fue dividida en seis grupos o “cuarteles”, cada uno encargado de aportar trabajadores para mantener las labores de manera continua.
Participaban alrededor de 80 hombres por cuartel, armados con picos, palas y carretillas fabricadas con madera vieja. Mientras ellos removían toneladas de arena, las mujeres preparaban los alimentos necesarios para sostener las agotadoras jornadas.
El trabajo no podía detenerse. La misma arena que retiraban durante el día podía regresar con el oleaje durante la noche. Cuando había luna, trabajaban bajo su luz; cuando la oscuridad era completa, encendían fogatas y antorchas.
El proyecto original consistía en excavar un canal de aproximadamente 1,200 metros de longitud, diez metros de ancho y dos metros de profundidad. Era una obra monumental para una comunidad que no disponía de maquinaria ni financiamiento.
Solamente contaba con sus propias manos.
La naturaleza multiplicó el proyecto
Cuando el ciclón llegó, los pescadores estaban cerca de alcanzar su objetivo. Las olas encontraron debilitada la franja de arena sobre la cual se había trabajado durante más de dos años y terminaron por romperla.
Según el relato de Benigno Casados, el resultado superó cualquier cálculo: en lugar del canal de diez metros de ancho proyectado por los pescadores, el mar abrió un paso de aproximadamente 200 metros. La profundidad habría alcanzado cerca de 25 pies, poco más de siete metros.
Ya no era solamente una zanja construida a mano. Era prácticamente una nueva bocana por la que las aguas del Golfo podían ingresar nuevamente a la laguna.
La fuerza de la naturaleza fue decisiva, pero el ciclón no encontró intacta aquella barrera. Antes de su llegada hubo dos años y medio de trabajo comunitario, toneladas de arena retiradas y cientos de habitantes empeñados en salvar la actividad pesquera.
Por eso la historia no puede entenderse únicamente como la obra de un huracán. La tormenta dio el golpe final, pero fueron los pobladores de Tamiahua quienes prepararon el camino.
La Barra de Corazones
La tradición sostiene que aquel lugar recibió el nombre de Barra de Corazones por la voluntad de los hombres y mujeres que se negaron a abandonar el proyecto, incluso cuando parecía imposible concluirlo.
Detrás de cada palada había una familia que dependía de la laguna. Los pescadores no trabajaban para levantar un monumento ni para recibir reconocimiento: buscaban recuperar el alimento y el sustento que el cierre de la barra les había arrebatado.
A 93 años del ciclón consignado por la memoria local y a más de 95 del inicio de los trabajos, la Barra de Corazones permanece como símbolo de una de las mayores hazañas comunitarias de Tamiahua.
Fue el resultado de una alianza inesperada: primero, la voluntad de todo un pueblo; después, la fuerza incontenible del mar.
Nota histórica: La fecha del 8 de septiembre de 1933 y las dimensiones de la apertura proceden de la crónica de Benigno Casados, retomada por Obed Zamora Sánchez y por el libro Block de reportajes: Corazones, de Javier Santos Llorente. La reconstrucción meteorológica moderna de la temporada de huracanes de 1933 presenta diferencias sobre la fecha y trayectoria exactas del ciclón, por lo que el episodio se expone como parte de la memoria histórica y documental de Tamiahua.
