Relatos vivos del Litoral Huateco.
Para muchos, el pejelagarto es apenas un pez prehistórico, un fósil viviente con hocico largo, cuerpo alargado y escamas duras como armadura. Pero en Tamiahua y otras regiones de la Huasteca veracruzana, su figura va más allá del plato: el catín —como lo llaman en lengua huasteca— es un animal sagrado, misterioso, casi mitológico. Un pez que no solo se pesca, sino que también “cae del cielo”.
Así lo creen algunos pescadores, quienes aseguran que, cuando los huracanes golpean con fuerza o los temporales se prolongan durante días, el catín aparece en lugares donde no había agua antes. Lo han encontrado en jagueyes, en charcas aisladas, incluso entre el lodo de un campo abandonado. “Llegó con la lluvia”, dicen. “Lo trajo el trueno”.
Esta creencia no es solo folclore. Para los huaxtecos antiguos, el catín estaba ligado al agua profunda y a los ciclos del clima. De hecho, según el antropólogo José Luis Melgarejo Vivanco, en algunas comunidades se cree que el catín “vive en las nubes” durante la sequía, y baja con la tormenta para poblar los cuerpos de agua. Una idea que mezcla observación empírica y cosmovisión ancestral.
Un pez con peso simbólico
El catín no es exclusivo de la Huasteca, pero sí tiene allí una presencia singular. A diferencia de otras regiones donde se le teme o desprecia por su aspecto tosco y su carne fibrosa, en Tamiahua es parte de la dieta tradicional y del paisaje cultural. Su figura aparece en cuentos, leyendas y hasta en formas talladas en madera o concha.
Los estudios de Alfonso Caso lo asociaron con el cipactli de la mitología mesoamericana, una criatura marina primordial que representaba el caos original y la matriz del universo. Algunos códices muestran figuras que podrían interpretarse como catines, asociadas con el agua, el nacimiento y el tiempo.
Y mientras los totonacas lo consideran el “dueño del agua” y lo ligan al dios Huracán, los huaxtecos afirman que el catín es un ser que baja con la tormenta y se queda a vivir en los jagueyes. Esa permanencia, dicen, asegura la fertilidad de la tierra.
Pesca, fuego y memoria
Pescar un catín requiere técnica y paciencia. No se atrapa con cualquier red, ni con cualquier anzuelo. Su carne es apreciada por quienes saben prepararla: al mojo de ajo, asada sobre brasas vivas o en caldillo picante, acompañada de tortillas de maíz nuevo y chile costeño. Comer catín en Tamiahua es una forma de diálogo con el pasado, una manera de honrar la historia y a los abuelos.
Aunque su captura no es masiva, las poblaciones de pejelagarto han disminuido. La presión sobre los ecosistemas, la contaminación de los cuerpos de agua y el uso de métodos de pesca no selectivos amenazan la permanencia del catín en la zona. Por ello, algunas cooperativas locales promueven su pesca responsable y su aprovechamiento sustentable, como parte del orgullo huasteco.
🐟 Sabías que…
- El pejelagarto (Atractosteus tropicus) es una especie con más de 100 millones de años de antigüedad.
- Tiene mandíbulas en forma de pico, dientes afilados y una resistencia notable fuera del agua, lo que alimenta su fama de “reaparecer” tras las lluvias.
- En algunas comunidades huastecas, el catín es asociado con la buena fortuna, especialmente si aparece en un jaguey recién formado.
Tamiahua no solo es tierra de pescadores. Es tierra de memoria viva, donde el agua trae historias y los peces traen mensajes. El catín, ese pez que cae con la lluvia, es más que un alimento: es el eco de una cultura que aún conversa con el cielo.